Sobre la intersección entre las crisis del COVID-19 y del clima: construyamos un nuevo orden socioeconómico

Fecha de Publicación: 
Jueves, 27 Agosto 2020

Tras las conversaciones entre los y las miembros de la Red-DESC sobre la justicia climática y ambiental y los derechos humanos en relación con la crisis de COVID-19, múltiples miembros han co-redactado una serie de artículos breves en este contexto, incluido el siguiente que salió originalmente publicado en Medium (En Inglés).

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Photo: Markus Spiske via Unsplash

 

En todo el mundo, incluyendo Asia y el Pacífico, África y América Latina, los gobiernos están lidiando con la contención del contagio del COVID-19 mientras se enfrentan a fenómenos meteorológicos extremos causados por el hombre que complican aún más la actual inseguridad alimenticia y del agua en las comunidades marginadas del Sur Global. La crisis del COVID-19 pone en evidencia y agrava significativamente la desigualdad económica, de género y social. Con el pretexto del COVID-19, varios países anunciaron retrocesos en los estándares de protección ambiental. Volvieron a promover el extractivismo para enfrentar la crisis económica producida por la pandemia. Esto agravará inevitablemente la crisis climática y colisionará con la actual pandemia, lo que tendrá efectos devastadores sobre los derechos humanos.

El estado de nuestro mundo en la actualidad no es una tragedia que ocurrió por casualidad. La emergencia del COVID-19, el clima y otras crisis estructurales entrecruzadas como el racismo, todas comparten las mismas injusticias de raíz que se iniciaron en nuestra historia colonial, que impuso sobre todos nosotros este sistema injusto, patriarcal, capitalista y de supremacía blanca. El legado de la esclavitud bajo los poderes coloniales e imperiales no solo legalizó un sistema de desigualdad y discriminación que continúa en nuestras instituciones legales, políticas y económicas, sino que sentó las bases de la prosperidad del Norte Global a costa de las personas de color y del saqueo del Sur Global. Nuestras tierras, ríos, océanos, bosques y nuestra biodiversidad tampoco quedaron intactas. La sed de producción de energía destinada a alimentar el capitalismo hizo estragos en ecosistemas vitales de los que dependen miles de personas y que son indispensables para la supervivencia del planeta.

El doble impacto de la crisis del clima y la pandemia afectan más gravemente a las poblaciones más vulnerables, que son las que menos contribuyeron a ambas emergencias. La capacidad de mitigar y  responder a estas crisis entrecruzadas también promueve desigualdades: los países más ricos (y, dentro de ellos, la población de ingresos más altos) son los que tienen más probabilidades de sobrevivir. La pandemia del COVID-10 pone en evidencia las injusticias estructurales contra los pobres, los campesinos, los indígenas y las minorías raciales, agravando la crisis de acumulación y desigualdad social. El actual confinamiento tuvo mayormente como consecuencia la restricción de los espacios de organización social y la represión del disenso político.

Zimbabwe y Mozambique todavía están luchando con los efectos del letal ciclón Idai, que dejó más de mil muertos y miles de personas sin techo en marzo de 2019, antes del inicio del brote de COVID-19. Las políticas climáticas internacionales reconocen la ‘responsabilidad histórica’ como la obligación de los países desarrollados que se beneficiaron históricamente con las emisiones globales de asumir la mayor parte de los costos de la mitigación y la adaptación de los países que sufren los mayores efectos y de compensar las pérdidas y los daños. Los mismos países desarrollados (si sumamos a China, India e Indonesia) siguen siendo responsables de algunas de las mayores emisiones en la actualidad. En el año 2014 se fundó el Green Climate Fund y los países desarrollados prometieron donar USD 100.000 millones al año para satisfacer las necesidades de los países en vías de desarrollo. Hasta el año pasado, solo se habían prometido USD 10.300 millones, pero se aportaron realmente 8.200 millones. Entonces, ¿dónde está el dinero para enfrentar la crisis del clima?

Este año, el COVID-19 llegó en un momento en que el Sur Global debe USD 3,9 billones . Varios de estos países en vías de desarrollo nunca se recuperó de la última recesión; ¿de dónde van a sacar recursos para financiar la salud pública para luchar contra la pandemia o la inminente recesión económica?

El COVID-19 surgió cuando los gobiernos del Sur Global estaban valiéndose de la austeridad como medida para resolver la crisis de acumulación. Para enfrentar la crisis económica, del clima y del COVID-19, que en realidad es una gran crisis de acumulación capitalista, el sistema económico global depende de enfoques neoliberales como los mecanismos del mercado libre, incluyendo recortes en tasas de interés y otras soluciones cuantitativas que obviamente han fallado en el pasado. En lugar de la solidaridad internacional y la cooperación, los países desarrollados adoptaron políticas aislacionistas y enfoques nacionalistas para proteger sus propios intereses, mientras que los acreedores internacionales exigían el repago de deudas. El aplazamiento temporario de la deuda por parte del Banco Mundial y el FMI no es una solución para la debilitante crisis de la deuda que afecta gravemente el disfrute de los derechos humanos de los pueblos en los países en vías de desarrollo al vaciar los servicios públicos esenciales, protecciones laborales y salvaguardas sociales y ambientales, y permitir a las empresas el libre uso de los recursos que puedan capturar por medio de un sistema global injusto de comercio e inversión. Esto debilita la resiliencia de los países en vías de desarrollo para afrontar períodos de crisis. Se trata de una maquinaria bien lubricada por gobiernos corruptos, líderes autoritarios y élites cómplices de un poder judicial débil y un sector militar en expansión en muchos países en vías de desarrollo.

Las injusticias económicas históricas orquestadas por el sistema del capitalismo que confía en el desposeimiento, la acumulación y la privatización han llevado a que el 85% de los pobres del mundo viva en el sur de Asia y África subsahariana, una cifra que se incrementará en otro mil millón de personas pobres a medida que hagan efecto las consecuencias económicas de la pandemia. Los peores efectos afectarán a las mujeres pobres y marginadas del Sur Global , quienes representan casi el 90% del sector del trabajo informal.

Del otro lado del mundo, los multimillonarios de EE.UU. ganaron USD 282.000 millones más en el primer mes de la crisis. El Congreso y la Reserva Federal comprometieron más de 6 billones de dólares para enfrentar la crisis del COVID-19. Entonces no es que falte dinero/recursos para abordar la crisis climática o la pandemia y la inminente recesión económica; la pregunta real es ¿por qué existen una desigualdad y una diferencia tan grandes e inaceptables entre los ricos y los pobres?

La distribución de la riqueza, los recursos y el poder siempre ha favorecido a las élites que se han enriquecido con este sesgado sistema capitalista. Nosotros, desde el Sur Global, desde el principio nunca estuvimos a la altura necesaria para ganar el juego... Hasta, quizás, hoy. Esta pandemia ataca indiscriminadamente y aunque las élites de este mundo están mejor protegidas, no son inmunes. Le pusimos el freno a nuestras vidas, algo que en el movimiento por el clima nadie nunca creyó posible. Pero sí es posible parar. Para repensar las cosas. Y cambiar.

De aquí en más, esta podría ser nuestra única oportunidad para evaluar dónde estamos y dónde merecemos estar todos. ¿Cómo reconstruimos este mundo roto para tener otro que sea justo y cuide a todos los pueblos y sus ecosistemas? Se empieza por un cambio transformador y radical que redistribuya la riqueza para sacarla de los rescates empresariales, la expansión militar, el hiperdesarrollo y el consumismo. Se empieza por luchar por modelos económicos alternativos de ‘descrecimiento’ que incluyan formas de producción de energía que dejen de violar los derechos humanos y de causar efectos devastadores sobre los ecosistemas del mundo. Más que un cambio en la matriz, se necesita una transición socioecológica en la que la gente, de manera participativa y democrática, pueda decidir para qué es la energía y cómo se la producirá.

Cobrarles impuestos a los ricos que roban USD 172.000 millones al año de los países en desarrollo y poner fin a la cultura de la evasión impositiva y los flujos financieros ilegales que desangran al Sur Global. Cancelar la deuda para que los países en desarrollo tengan una oportunidad de pelear para invertir en atención médica universal, bienestar social y otros servicios esenciales para recuperarse. Destruir el patriarcado y colocar en el centro el bienestar de las mujeres en toda su diversidad para alcanzar un futuro fundado en la igualdad de género, el respeto y la dignidad. Las mujeres líderes del mundo están liderando una recuperación feminista justa y Hawaii lo está poniendo en práctica. En marzo, en reconocimiento de nuestra lucha colectiva, miles de mujeres de todo el mundo hicieron un paro aprovechando el poder del movimiento para exigir el desarrollo de la justicia, la igualdad y la paz. Aprovechemos el eco de esa demanda para darle forma a una recuperación económica nueva, justa y socioecológica, basada en los derechos humanos, que coloque a todas las personas antes que a las ganancias.

Es tiempo de actuar. 


Sobre las autoras:

Kavita Naidu, Liliana Avila y Melania Chiponda son defensoras de los derechos humanos de Australia, Colombia y Zimbabwe, respectivamente. Kavita está a cargo del Programa de Justicia Climática de Asia Pacific Forum on Women, Law and Development (APWLD). Liliana Avila es abogada sénior del Programa  de Derechos Humanos y Ambiente de Asociación Interamericana de Defensa Ambiental (AIDA). Melania es una economista feminista que trabaja en la defensa de la justicia económica, social y ambiental para comunidades marginadas. APWLD, AIDA y Melania son miembros de la Red-DESC, Red Internacional para los Derechos Económicos, Sociales y Culturales.