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Jueves, Julio 30, 2026 ― Cristina "Tinay" Palabay – Secretaria general de Karapatan

Las cinco W —quién, qué, dónde, cuándo y por qué— han guiado durante mucho tiempo el trabajo periodístico para comprender acontecimientos complejos. Durante la Serie de Aprendizaje en Educación Política de la Red-DESC sobre la Economía Política de la Violencia, propuse que estas mismas preguntas, junto con el cómo, también pueden ayudarnos a comprender algo mucho más complejo: la economía política de la violencia. A partir de la experiencia de Filipinas, utilicé este marco para analizar la violencia no como un conjunto de hechos aislados, sino como un sistema político y económico.

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Karapatan
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  • En Filipinas, comunidades y personas defensoras de los derechos humanos continúan organizándose, documentando violaciones y resistiendo la represión política. Foto: Karapatan.
  • En Filipinas, comunidades y personas defensoras de los derechos humanos continúan organizándose, documentando violaciones y resistiendo la represión política. Foto: Karapatan.
  • En Filipinas, comunidades y personas defensoras de los derechos humanos continúan organizándose, documentando violaciones y resistiendo la represión política. Foto: Karapatan.

Cuándo: nuestro presente es nuestro pasado

Para comprender la violencia en Filipinas, debemos comenzar por la historia.

Nuestra historia está marcada por sucesivos períodos de colonización bajo España, Estados Unidos y Japón. Aunque Filipinas obtuvo formalmente su independencia en 1946, nuestro estatus ha seguido siendo el de una neocolonia de Estados Unidos: un Estado subordinado cuyos asuntos políticos, económicos y culturales continúan moldeados por los intereses estadounidenses.

Esta es también una historia de violencia política.

Desde las masacres y asesinatos de líderes e integrantes de movimientos reformistas y revolucionarios durante el período colonial español, pasando por los asesinatos masivos y la violencia sexual de la ocupación japonesa, hasta las masacres y otros crímenes atroces cometidos durante los regímenes colonial y neocolonial de Estados Unidos, la violencia estatal ha funcionado sistemáticamente como una herramienta de conquista y dominación.

La historia contemporánea no es muy distinta de nuestro pasado colonial.

Cuando Estados Unidos concedió a Filipinas una independencia meramente nominal, lo que describo como sus “pequeños estadounidenses de piel morena” continuaron dirigiendo una administración tras otra, garantizando que Filipinas sirviera a los intereses de Estados Unidos tanto dentro del país como en toda la región de Asia-Pacífico. Ahora que China desafía cada vez más la hegemonía regional y global de Estados Unidos, Filipinas vuelve a ser posicionada como un enclave estratégico.

En un sentido muy real, nuestro presente es nuestro pasado.

Dónde: de las comunidades locales al poder global

Este sistema opera simultáneamente en los niveles local, nacional e internacional.

Filipinas no es simplemente un aliado de Estados Unidos; es un aliado por tratado, vinculado mediante acuerdos militares, convenios sobre fuerzas visitantes, mecanismos de cooperación reforzada en materia de defensa y acuerdos comerciales desiguales que consolidan los intereses estratégicos estadounidenses en la región.

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El Comando Indo-Pacífico de Estados Unidos considera que Filipinas ocupa una posición estratégica para proyectar poder militar y asegurar las rutas comerciales en Asia. Aunque el acuerdo sobre bases militares fue rechazado en 1991, las tropas estadounidenses continúan manteniendo una presencia descrita como “rotativa” en distintas zonas del país, junto con ejercicios militares conjuntos que se desarrollan durante todo el año con Estados Unidos y sus aliados.

Al mismo tiempo, nuevas iniciativas económicas están profundizando esta relación. La denominada iniciativa Pax Silica posiciona a Filipinas como un centro para la extracción de minerales críticos necesarios para las tecnologías de inteligencia artificial, la producción de semiconductores y el material de guerra.

Las consecuencias se sienten con mayor intensidad en las comunidades locales, a través de la destrucción ambiental, el desplazamiento de campesinos y pueblos indígenas, y la explotación continua de las y los trabajadores.

Qué y cómo: la violencia a través de la doctrina, la militarización y la ley

Como si no bastara con utilizar al país y a nuestro pueblo como carne de cañón, la violencia estatal también se sostiene mediante lo que describo como una hegemonía doctrinal.

Las estrategias de contrainsurgencia aplicadas por los sucesivos gobiernos filipinos llevan la inconfundible impronta de la doctrina militar estadounidense. Desde la llamada “guerra contra el terrorismo” hasta los enfoques de “todo el gobierno” (whole-of-government), pasando por el red-tagging —una práctica heredera del macartismo que consiste en señalar a personas y organizaciones como comunistas o simpatizantes de la insurgencia— y la legislación antiterrorista, los marcos de seguridad de Filipinas han sido moldeados por políticas y conceptos desarrollados en Estados Unidos.

La ayuda militar ha permitido la adquisición de helicópteros Black Hawk, drones y otros equipos que han sido utilizados en operaciones que han derivado en violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Al mismo tiempo, la legislación antiterrorista, los reglamentos administrativos y otras medidas legales han restringido aún más el espacio cívico y democrático. Las capacitaciones, el intercambio de prácticas y otras formas de cooperación continúan proporcionando a las autoridades filipinas herramientas que se utilizan contra sectores progresistas, la oposición política, los movimientos sociales y la población filipina en general.

¿Quién se beneficia y quién resiste?

La pregunta no es únicamente quién ejerce la violencia, ni siquiera quién se beneficia de ella. También es quién la resiste.

Estados Unidos mantiene su dominio estratégico en la región, mientras que los llamados “pequeños estadounidenses de piel morena” obtienen beneficios mediante la corrupción, las redes clientelares, el acaparamiento de tierras y las corporaciones que se enriquecen explotando el trabajo de campesinos y trabajadores.

Para sostener este sistema, señalan a los comunistas, a la oposición política, a los sectores progresistas, a las organizaciones de la sociedad civil, a los movimientos sociales y a la ciudadanía como responsables de los problemas del país. De ese modo, justifican la represión, el terror y los asesinatos.

Pero la pregunta sobre el quién no se refiere únicamente a los antagonistas de esta economía política de la violencia. También se refiere a sus protagonistas.

Los movimientos sociales y la sociedad civil en Filipinas no solo han resistido este sistema. Han desempeñado un papel fundamental en la construcción de alternativas y en la definición de los caminos a seguir.

La documentación como herramienta de resistencia

Quisiera terminar con una de las estrategias que ha sido fundamental para esta resistencia: la documentación.

Organizaciones como Karapatan han construido bases de datos, realizado investigaciones y misiones de verificación de hechos, y documentado violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Junto con redes de campesinos, trabajadores, mujeres, jóvenes, organizaciones religiosas, personal sanitario, sobrevivientes y víctimas, este trabajo ha contribuido a importantes avances en materia de rendición de cuentas, entre ellos la histórica demanda contra la dictadura de Marcos ante tribunales estadounidenses y el proceso abierto por la Corte Penal Internacional contra Rodrigo Duterte.

Pero seguimos documentando las violaciones porque la lucha contra la impunidad institucional está lejos de haber terminado.

El periodismo —especialmente el ejercido desde los medios alternativos— también ha desempeñado un papel esencial. A través de investigaciones sobre violaciones de derechos humanos, numerosos periodistas han sacado a la luz abusos incluso cuando ellos mismos se han convertido en blanco de ataques por defender el derecho de la población a estar informada.

Académicos, artistas, iniciativas ciudadanas y organizaciones de derechos humanos también contribuyen a esta tarea mediante el archivo, la reconstrucción histórica y la preservación de la memoria colectiva, manteniendo vivos los testimonios del pasado y fortaleciendo la resistencia en el presente.

Pero la documentación adquiere toda su fuerza cuando pertenece a los pueblos. Entonces deja de ser únicamente un registro de hechos y se convierte en una herramienta de educación política, organización y movilización. Une a las comunidades, fortalece los movimientos y amplía la acción colectiva desde el ámbito local hasta el nacional e internacional.

Por eso la documentación sigue siendo una de nuestras herramientas de resistencia más poderosas. Nos permite preservar la memoria, enfrentar la impunidad y fortalecer la lucha por la libre determinación y la justicia.