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Jueves, Julio 16, 2026

A medida que los cambios en el poder global reconfiguran el orden internacional, los movimientos se enfrentan a nuevas formas de militarización, extractivismo y poder corporativo. Este artículo, el primero de una serie surgida de la serie de aprendizaje de educación política de la Red-DESC, Poder, represión y lucha colectiva en un sistema mundial cambiante, se basa en reflexiones colectivas para explorar qué significan estas transformaciones para las luchas por la justicia económica, social, cultural y ambiental en distintas regiones.

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Protestas durante la visita de la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, a Filipinas, en 2022. Foto: Altermidya.

Durante gran parte del período posterior a la Guerra Fría, el orden internacional estuvo configurado por un sistema unipolar dominado por Estados Unidos. Hoy, ese orden es cada vez más inestable. El declive relativo del dominio global de Estados Unidos, el ascenso de China, la creciente competencia geopolítica, los conflictos regionales y el debilitamiento de las instituciones multilaterales están reconfigurando el panorama político mundial.

Estos procesos suelen entenderse como crisis separadas. Sin embargo, en conjunto apuntan a algo más profundo: el mundo atraviesa un período de transición sistémica que está transformando las condiciones en las que las comunidades defienden sus territorios, ejercen sus derechos y se organizan por la justicia.

La violencia, el desplazamiento, la militarización, la captura corporativa, el desarrollo extractivista y la erosión democrática son manifestaciones interconectadas de estos cambios políticos y económicos más amplios.

Una crisis que va más allá del neoliberalismo

Gran parte del debate político actual explica la inestabilidad mundial a través de diagnósticos conocidos: los fracasos del neoliberalismo, la creciente competencia geopolítica, la erosión democrática o la aceleración de la crisis climática. Cada uno de ellos refleja una dimensión importante del momento actual. Sin embargo, en conjunto apuntan hacia una transformación más amplia.

Gustavo Castro Soto, fundador y coordinador de Otros Mundos Chiapas, sostiene que el momento actual no puede entenderse simplemente como otra crisis económica o un nuevo ciclo de inestabilidad geopolítica.

Estamos viviendo una crisis sistémica en la que lo viejo aún no ha terminado de morir y lo nuevo todavía no ha nacido».

Para Gustavo, la crisis va mucho más allá de las políticas económicas neoliberales. Abarca las estructuras políticas, militares, financieras, industriales, ideológicas y culturales que han sostenido la hegemonía capitalista durante el último siglo.

Hemos entrado en una crisis en la que toda la arquitectura del sistema capitalista —sus fundamentos militares, políticos, comerciales, industriales, financieros, culturales, éticos e ideológicos— está en crisis.

Esta perspectiva desplaza el foco de las crisis individuales hacia el sistema más amplio que las conecta. En lugar de tratar la inestabilidad económica, la militarización, el colapso ecológico o la erosión democrática como fenómenos separados, plantea que deben entenderse como parte de una transformación más amplia del orden mundial.

El orden unipolar posterior a la Guerra Fría está dando paso a un panorama internacional más inestable y disputado. Sin embargo, esta transición no debe confundirse con un avance lineal hacia una mayor democracia o justicia. Por el contrario, los movimientos se enfrentan cada vez más a nuevas formas de competencia geopolítica, una intensificación del extractivismo, una creciente militarización y crisis de gobernanza cada vez más profundas.

Comprender estos cambios es esencial porque determinan las condiciones en las que los movimientos se organizan, defienden derechos y confrontan el poder corporativo y estatal.

Un orden mundial cambiante, los mismos sistemas de violencia

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Activistas climáticos desafían la lluvia en la ciudad de Manila durante una protesta para conmemorar el Día Mundial de Acción por la Justicia Climática. Foto: Altermidya.

El debilitamiento del dominio global de Estados Unidos se ha interpretado a menudo como una señal de que el orden internacional se está volviendo más equilibrado. Sin embargo, un mundo más multipolar no produce necesariamente resultados más justos.

Azra Talaat Sayeed, activista feminista antiimperialista, secretaria general de la Liga Internacional de Lucha de los Pueblos (ILPS), integrante del Foro de Asia y el Pacífico sobre Mujeres, Derecho y Desarrollo (APWLD) y directora ejecutiva de Roots for Equity, sostiene que la dinámica geopolítica que define el momento actual es la creciente competencia entre potencias imperialistas.

La lucha de poder más crítica que está teniendo lugar en este momento es la competencia interimperialista entre Estados Unidos y China.

Su análisis plantea a los movimientos el desafío de ir más allá de las narrativas que celebran la multipolaridad como inherentemente emancipadora. En lugar de elegir entre proyectos imperiales en competencia, defiende un análisis político independiente, arraigado en las luchas de las y los trabajadores, los Pueblos Indígenas, el campesinado, las mujeres y las comunidades que defienden la tierra y la vida.

Como explica Azra, el imperialismo sigue consistiendo fundamentalmente en «obtener el control… de los mercados, la fuerza de trabajo [y] nuestros recursos».

La cuestión no es simplemente cómo se redistribuye el poder a escala internacional, sino cómo la competencia geopolítica sigue configurando el extractivismo, el trabajo y el acceso a los recursos naturales. Los actores pueden cambiar, pero las dinámicas subyacentes de acumulación capitalista suelen permanecer.

Estas transformaciones ya están reconfigurando las condiciones en las que los movimientos se organizan en distintas regiones. También ayudan a explicar por qué la violencia se ha convertido en un mecanismo cada vez más central para mantener los sistemas de acumulación y control político.

En lugar de entender la violencia como una ruptura del orden político, las y los participantes analizaron el desplazamiento forzado, la militarización, la criminalización de la disidencia, la vigilancia, el colonialismo de asentamiento y el desarrollo extractivista como estrategias interconectadas para asegurar el control del territorio, la fuerza de trabajo, los recursos naturales y la influencia geopolítica. Como resume Gustavo Castro, «a medida que disminuye el consenso, aumenta la coerción».

Esta perspectiva ayuda a explicar por qué las comunidades que se enfrentan a proyectos mineros, defienden sus derechos sobre la tierra, resisten el desplazamiento o se oponen al desarrollo extractivista experimentan con frecuencia formas similares de represión, a pesar de encontrarse en contextos muy diferentes.

El costo oculto de la transición energética

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Pozas de evaporación de litio en el Salar de Atacama, Chile. La creciente demanda de minerales críticos está intensificando la presión sobre los territorios situados en el centro de las transiciones energética y tecnológica mundiales. Foto: Agencia Espacial Europea.

La creciente dependencia de minerales críticos como el litio, el cobre, el cobalto y las tierras raras los ha convertido en recursos estratégicos para el desarrollo de la inteligencia artificial, las energías renovables, la infraestructura digital y las tecnologías militares. Lejos de reducir la competencia geopolítica, el cambio tecnológico está generando nuevas formas de extracción violenta en los territorios donde se concentran estos recursos.

Como señaló Azra Talaat Sayeed: «Los minerales críticos son ahora el petróleo del siglo XXI».

La comparación pone de relieve un cambio importante en la economía mundial. Las tecnologías que con frecuencia se presentan como innovadoras o esenciales para la transición verde no pueden entenderse al margen de las economías extractivas de las que dependen. La competencia en torno a la inteligencia artificial, las energías limpias y la infraestructura digital es también una competencia por la tierra, los recursos y la influencia geopolítica.

Para Betty Vilca, de la Red Chimpu en Bolivia, esta conexión suele pasarse por alto de manera peligrosa. La inteligencia artificial no es inmaterial: depende de minerales críticos como el litio y el cobre, gran parte de los cuales se extraen de territorios indígenas en Bolivia, Chile y Argentina.

Conectar las luchas entre movimientos

Una de las principales lecciones de la primera sesión de la serie de aprendizaje de educación política es que, si los sistemas que impulsan las crisis actuales están interconectados, nuestras luchas no pueden permanecer aisladas unas de otras. La vivienda, la deuda, la militarización, la migración, el extractivismo, la justicia climática y el cierre del espacio democrático suelen abordarse como cuestiones separadas. Sin embargo, las fuerzas que las configuran —desde el poder corporativo y la acumulación capitalista hasta la competencia geopolítica y la militarización— se entrecruzan con frecuencia. Comprender estas conexiones puede ayudar a los movimientos a identificar puntos en común y construir estrategias entre sectores y regiones.

Las y los participantes subrayaron repetidamente que los movimientos no carecen necesariamente de información. El desafío consiste, más bien, en traducir el conocimiento existente en una educación política accesible, fortalecer el análisis colectivo y desarrollar estrategias que respondan al cambiante panorama mundial actual.

Construir esta comprensión compartida no es simplemente un ejercicio intelectual. Es esencial para fortalecer la acción colectiva frente a unas realidades geopolíticas y económicas que cambian rápidamente. Como concluyó Azra Sayeed:

Nuestro poder colectivo es la única manera de sobrevivir, y necesitamos unirnos cada vez más.

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Los próximos artículos de esta serie explorarán los sistemas que impulsan la economía política de la violencia actual y examinarán cómo los movimientos están construyendo resistencia colectiva, solidaridad y caminos alternativos hacia la justicia.